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jueves, 9 de diciembre de 2010

Una pequeña historia de no-ficción, como diría el gran David González, que ojalá no haga honor a su título




Sé malo

El nuevo director me dijo, poco tiempo después de hacerse cargo del hotel: “No quiero que hable con el personal, usted no está aquí para hacer amigos”. A partir de entonces traté por todos los medios de esquivar a los trabajadores.

Corrieron rumores de que mi mujer había empeorado de su enfermedad, que yo volvía a estar depresivo. No pude evitar que aquella gente se interesara por el estado de mi esposa, y no tuve más remedio que agradecerles, sinceramente, uno por uno, el apoyo que me estaban dando.

Al cabo de un par de semanas, el director volvió a citarme en su despacho: “Mire, no me gusta repetir las cosas, le dije que no quiero que se lleve bien con los empleados. Lo que yo quiero es que le tengan miedo, ¿me entiende?, mi-e-do. Es la última vez que le aviso”, me riñó vehementemente.

Al llegar a casa, desnudo, frente al espejo del cuarto de baño, antes de meterme en la ducha, puse mirada torva y ensayé algunas muecas.

Mis días como vigilante de aquel hotel estaban contados.

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