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lunes, 24 de octubre de 2011

tres poemas de U Sam Oeur





Los jemeres nos forzaron a construir represas, canales y diques, forzaron a miles de hombres como esclavos a construir una gran represa en un lodazal. Durante un mes, no podía imaginarme una idea tan estúpida, así que mascullaba: “Esta represa se la llevará el primer monzón.” El jefe de mi grupo, llamado Sok, me oyó murmurando y le informó a un alto mando jemer que yo me estaba burlando de ellos, y por eso me envió de nuevo a las fosas comunes (Sok me contó esto después de que Pol Pot fue derrocado por Vietnam en febrero de 1979, y camino a casa pasé por su aldea). Pero el hombre de la carreta tirada por un buey que nos llevó, nos abandonó, sin comida ni nada, en un sitio desierto a la orilla del río Mekong. Yo me puse a pescar y conseguí un montón de pescado para la familia. A las dos semanas me enfrenté a una cobra enorme. Recuerdo que mi madre me contó desde otro reino que en mi viaje a través de tres selvas, encontraría una serpiente así. Me dijo que le hablara a la cobra como a una naga (serpiente sagrada), si no me picaría y me mataría. “No comas serpientes en esos días”, me advirtió mi madre.


LA COBRA BÚFALO DE AGUA Y EL PRISIONERO DE GUERRA


Trabaja, trabaja —talando árboles, descuajándolos, despejando monte,
transplantando arroz, sin un momento para descansar.
Al mediodía, solo, cuando despejaba un cañaveral,
una bella cobra negra

abrió su capucha frente a mí, demostrando su poder.
Pensó que yo era su enemigo.
“¡Es bella, como en las películas indias!”,
exclamé en voz baja con las rodillas temblorosas.

“¡Oh, cobra! Tu carne y tu sangre son de verdad
la carne y la sangre de Buda.
Yo soy sólo un prisionero de guerra
pero no soy tu alimento.

Tú, cobra, eres libre,
y si mi carne es de verdad tu sangre,
defiéndeme con los espíritus de esta laguna
para llevarme a los tres refugios del Buda.

La cobra me miró fijo con amorosa bondad
y luego bajó la cabeza.
se alejó hacia el sur deslizándose en la laguna
y yo volví al trabajo de sobrevivir.





Después de que Vietnam invadió Cambodia en noviembre de 1978, en febrero de 1979, mi familia y yo emprendimos camino hacia nuestra casa en Chbar Ampeou (campo de caña de azúcar). En Wat Prek Dambok vi esqueletos de niños colgando de un árbol krasang marchito.


EL ÁRBOL KRASANG EN PREK PO


En el 75 el árbol krasang estaba florecido
y dio fruto para la sopa de toda la aldea.
Para el 79 se había marchitado y sus espinas
estaban adornadas con cabello de bebés, su corteza manchada con sangre.

En el 75 al árbol krasang lo rodeaban
personas buscando refugio.
Para el 79 lo rodeaban
esqueletos de bebés machacados

contra el tronco por los utapats.
Los utapats dijeron: “Para aniquilar
la hierba, arránquenla diariamente”. ¡Oh, hierba!
¿qué pecado ha cometido la hierba?

Después de la invasión vietnamita
seguí el río Mekong hacia mi casa.
Me detuve, exhausto, enfermo, a descansar aquí,
en el segundo piso de un ashram abandonado.

Me eché a dormir en una completa oscuridad,
pero los cráneos aplastados me hacían temblar.
Medio dormido, oía los lamentos de las almas
de los niños pidiendo una explicación:

“¡Ma! ¡Oeuy! ¡Oeuy! ¡Ma! ¡Ma!
¿Qué hicimos mal?
Los utapats nos asesinaron,
agarrándonos de los pies
para destrozarnos sin piedad,
rompiendo nuestros cráneos
contra el árbol krasang.
Nuestra desgracia fue haber
nacido en medio de una guerra
para nunca ver las caras de nuestras madres.
¿Qué querían de nosotros los utapats?
¿Por qué estaban contra los hijos de Dios?
¡Cómo se atreven a menospreciar a Dios!

Esa noche, permaneció conmigo el olor de la sangre.
Al amanecer, bajé y encontré una gran capa de vainas de arroz
manchadas con sangre hasta un metro de profundidad
evidencia de una masacre más reciente.

Luego oí el alma ahogada del árbol krasang
empapado con la sangre de los niños. Los utapats
habían matado sus frutas con el fruto de nuestras entrañas.
Ninguno pudo escapar.




PESADILLA


Enrollado en la cama, hecho un ovillo
como un bebé en el vientre,
deseo que ellos jamás
crucen las fronteras.

Desorientado, de algún modo me hallo a mí mismo
al borde del bosquecillo de bambú
a campo abierto.
Y el retumbar de los tanques
y el trepidar de las pisadas de los soldados
vibra en cada espina del bambú.

Pronto los gritos de
“¡Cójanlos!
¡Cójanlos vivos!”
remueven mi sangre,
hacen que entrechoquen mis rodillas.

Me quito la camisa,
escondo el rostro,
abrazo un tronco de bambú,
retengo mi respiración,
deseo de nuevo:
“¡Oh Dios, cambia su parecer!”

Mientras se acercan más y más
Me vuelvo más y más pequeño
Lo suficientemente pequeño para entrar en el tronco de bambú.
Pero canto aún con temblorosa voz-
“¡Buda!”
Una hoja de hierba
puede soportar gotas de rocío,
¡no fragmentos de vidrio roto!
“¡Dharma!”
Una hoja de hierba puede soportar gotas de rocío
¡pero no pedazos de metralla!

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