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domingo, 27 de febrero de 2011




CAMINANDO SOBRE EL TEJADO


¿Cómo pude sobrevivir durante el tiempo de Stalin?
Es que una vez muy contento salí disparado
de una ventana del noveno piso
donde con mucho orgullo caminé sobre el tejado
guiado por no sé quién
y llevando en mi mano un vaso de vodka.

Caminaba sobre el techo sonriendo,
me miraban desde abajo asustadas mujeres viejas,
alguna gente rara y gatos envidiosos.
Yo era absolutamente desconocido
y afortunadamente todavía no era un icono.

Dos camaradas borrachos,
manteniéndose sobrios, celosos,
miraban desde la ventana
cómo yo -sorpresivamente- podía
caminar contra todas las reglas
aunque ignorándolas todas
no
pudiera
caerme.

En aquel 1950, bajo el oscuro bigote de Stalin,
nosotros, una generación a la que le lavaron el cerebro
desde el kindergarten,
teníamos la obsesión de subirnos a los tejados,
la obsesión de escalar cualquier cosa que fuera elevada,
pero nunca la obsesión de escalar las alturas del poder.

Jugábamos a hacer el amor en los áticos
aprendimos a besar por un rublo
admirábamos en La Plaza Roja
las alegres muchedumbres con flores y carteles
mirándolas desde nuestros tejados;
mi tejado era mucho más alto que aquel majestuoso mausoleo
donde Stalin, sin ser visto en ese momento,
protegido por los grandes hombros de su guardia personal,
meaba en un balde de lata
(todo eso era perfectamente visible desde nuestro tejado)
¡Qué perspectiva! ¡Qué afortunados!

Aquel tejado estaba muy cerca
de los tejados de Roma y de Paris
y después de algunos años irrumpimos por La Cortina de Hierro.
Nosotros, los hijos de los Tejados de Metal.

En ese extraño comunismo
de vida militarmente organizada
caminábamos sonriendo sin miedo.
¿Pero qué pasa si hoy día, vendiendo conciencias
por una vida mucho más confortable,
caemos en un capitalismo militar?
¿Qué pasa si quedamos atascados en una sórdida farsa?
Quebraré mi ventana -y aún a través de los barrotes-
saltaré fuera de mi propio retrato
¡rompiendo en pedazos el marco y el vidrio!
Ni siquiera en la muerte confiaré en ningún “ismo”,
yo, otra vez joven y siempre libre,
arriesgando la vida, sonriente y fuerte,
volveré a caminar por el tejado,
o de lo contrario, no soy un poeta.

(2004)



EL ESTADO

(Monólogo del primer tipógrafo ruso Ivan Fedorov, 1510-1583)


Por mi fe en el Estado yo trataba de comportarme cortésmente,
haciendo respetuosas reverencias a la autoridad.
Pienso que no he ahorcado al estado
ni tampoco le he disparado de muerte.
Que me cuelgue un poquito
me parece que es su derecho.
En público yo defiendo mis ideas con entusiasmo:
yo no merezco semejante traición desde arriba
yo espero un poquito de justicia en este lugar
pero yo nunca he sido un traidor,
ni nunca he intentado mentir.
Oh, querido Estado
yo siempre he tratado de quererte,
en forma muy obediente, como el trigo
a la guadaña,
como la caña de azúcar al machete…
Pero la obediencia me pone enfermo,
me imagino que he cometido un error,
si trato de agachar la cabeza,
como el perro que es golpeado
y se hace sumiso a los palos.
Oh, querido Estado, estás lleno de mentiras,
explotación y odio:
tú falseas todo descaradamente.
Así que el amor por La Patria y el amor por el Estado
es realmente un divorcio
pero donde nunca hubo antes ningún casamiento.

(1966)

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