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domingo, 29 de agosto de 2010

pedacito de papel al viento




Realismo

1

Entras en casa, tus dos perros se arrojan a tus pies, llorando y diciéndote que tienen alma. Besas a tu mujer y a tus hijas. Ya es de noche. Hace frío. El invierno está siendo demasiado largo. Deberías de estar contento al volver a la redondez del hogar -aunque aristada de microscópicos reproches- tras la agotadora jornada de trabajo... Y lo estás, a tu manera, pero piensas que sería mejor dejar de ser; morir no: esfumarte. Al principio, una de las cosas que más te gustaba de tu compañera era que no te tomara nunca en serio, que se riera en tu cara de tus estupideces; pero te cansaste de eso (supongo que siempre acabamos por cansarnos de todo), pues hace ya mucho tiempo que dejaste de reírte de ti mismo hasta el ensañamiento. Ella se levanta por las mañanas animada y contenta, pese a que madruga para hacer las faenas de la casa antes de irse a trabajar. Es su vida; no tiene otra… Se conformaría con que todo siguiese igual… No sabe de poesía porque está dentro de la poesía; no teoriza la vida: vive; no es brillante: brilla. Es tu mujer, aunque a veces te parezca una extraña. Mientras recoges la ropa tendida, en la azotea, miras absorto las luces del pequeño puerto natural que está enfrente de tu vivienda. Te duele tanta belleza, tanta felicidad fugaz.

2

Cenáis solos, las hijas se han comido una pizza antes, en sus habitaciones, mientras chatean en el ordenador o ven cualquier reality estúpido en la tele. Conforme masticas la cena, te invade la misma rara ansiedad que cuando columpiabas a tu hija pequeña, un domingo, en un parque: Hiciste la digestión bajo un sol dulce y aburrido. Aparentemente, en esas atmósferas suaves no suele suceder nada. Ofuscación del intelecto. Nos confiamos, ya ves. Anhelabas huir -después de matizarse el aire, bruscamente, de un tono más opaco- tras un papelillo que era arrastrado por un repentino soplo. Entretanto tu hija gritaba, agudamente, por enésima vez: “¡Una vez más papá!, ¡colúmpiame una vez más!, ¡te prometo que será la última...!”. El sonido de la lluvia, unas veces plácido y otras enérgico, es vuestra conversación. Parece que todos los realismos se han materializado para siempre, encima del tejado de enfrente, con aspecto de arcángel abatido (la belleza del rayo y del trueno; del olor a tierra mojada; del frescor y del anticristo que se empapa, encaramado en las tejas, es una realidad más auténtica que la de lo que no existe).

Dentro estás dentro de ti
entre tus cuatro paredes
fagocitado por ti mismo
mórbido

Dentro de ti dentro habitado

Un lamento rompe el falso silencio. El escalofrío que recorre tu espinazo hace vibrar el vaso que sostienes en la mano. Te quedas inmovilizado ante la puerta de tu habitación. (Eres otro yo, te percibes en negativo, en un entorno negro de objetos definidos por luminosidades blancas.) ¿Ha sido un gemido, un susurro perdido, o te has dejado sugestionar por un soplo de aire? Entras a oscuras. Tanteas con la mano que no llevas ocupada, buscando el interruptor de la luz. Tocas el pelo de muerta de la muñeca de escayola que está sobre la cómoda. Su tacto te provoca un estremecimiento. ¡Crash!. “¡Mierda, el vaso de agua…!”

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